martes, 14 de enero de 2014

Al siguiente paso iba a terminar vomitándome a mí misma, que no es lo mismo que en mi misma, se entiende, verdad?
Terminaría observando detenidamente todos mis órganos internos y seguramente me asaltaría la conciencia y me preguntaría una y otra vez, porqué no escuche a mi cuerpo antes. Y me voy a sentir cliché. Pero nada de eso importaba mientras lo hacía. Porque yo quería seguir ingiriendo sin parar y me sentía completamente miserable cuando veía no tan solo que mi vaso comenzaba a vaciarse, sino el de todos.
Quería repetir el gesto una y otra vez. Mirar la mesa en un segundo y analizar cuánto quedaba en cada vaso y finalmente en el jarro. De paso, en ese mismo segundo hacer un breve análisis de la situación, que tal estaban los ánimos, que temas se estaban tocando. Sí íbamos en vector directo hacia arriba en el gráfico o si acaso estábamos estancados o para mi pesar íbamos en picada. Luego de ese par de segundos, quería hacer el gesto técnico de levantar mi mano derecha al unísono mis ojos hacia el tipo que nos atendió y luego decir algo así como “Mozo otro jarro de los mismos”. (Aunque a decir verdad, no me aniquilaría socialmente diciendo “mozo”, menos  para que me lanzaran un adiós para siempre quienes componían la velada) Otro de los mismos y así aunque nadie más apañara la moción.
 Era mi ímpetu el que nos llevaría a pasar la madrugada sin recordar qué soñamos y también esa misma fuerza de querer llevarlos a todos hacia donde estaba yo, iba a hacer que todos se sintieran intoxicados y tal vez pensando en cuánto daño le hicieron a sus cuerpos como a veces lo pienso yo, después de noches como esa.
Pero me pregunto, no son esas noches las únicas que nos llevan a sentirnos jóvenes e irreconocibles. Y cuál será el error de no reconocerse y perderse tan solo unas horas en una noche-madrugada santiaguina. Noches de verano que no volverán jamás. Somos pocos los que habitamos la cuidad con 34 grados. Los que despertamos para salir de noche. Ese es el beat, que se repite hasta que ya han pasado más de diez días de enero del dos mil catorce.
Un rencuentro con un viejo amigo. Pienso que tal vez el también no se reconoció, al menos queda toda la vida para asentarnos en quiénes somos y tan solo son muy pocas las noches de verano que se da la escasa casualidad de toparse con otro adulto mortal en la plaza Brasil como antaño, y ahora usamos la palabra antaño, porque podemos decir con seguridad que sí han pasado los años.
Seremos  más tóxicos, o más saludables que antes, pero no cabe duda de que un buen listado de temas en la cabeza estaba por despertar, ya sea por el borgoña o por quién sabe qué.
Estamos más vivos, seguimos en movimiento.
Menos mal que en esa mesa había más partidarios de la mesura. Solo contra todos, siempre es más fuerte la corriente.
Llego a casa y vomito en un basurero tres veces.
Duermo todo el otro día por intoxicación, me saco la maldad que me queda adentro. De alguna forma tiene que salir y cada cual tendrá su forma.
No nos mintamos. Somos quienes somos. Enemigos o amigos. Somos quienes somos.