Las
calles de cerrillos nunca serán como las de Maipú.
Los chocolates de cincuenta nunca van a volver a valer cincuenta
Mi abuelo nunca más va a volver a estar. Ni esa casa, ni ese patio, ni esos
juegos, ni el triciclo del primo, ni el pozo al que todos temíamos.
Yo muy bien sé, que las calles de cerrillos nunca serán como las de Maipú. Porque nunca las caminaremos de la mano con
mi madre.
Tampoco hay más jumper, más kilo de pan, más la compañera con nombre raro, más
el compañero que siempre le salía sangre de narices y comía yogurt soprole.
Más los sueños que ella tenía, más las dudas que yo decía.
Nunca más voy a cantar laura pausini y nunca más voy jugar con mi hermano, a la
vuelta de la manzana, de la pera, del plátano.
Porque esa casa ya no existe como antes. Porque la casa de mis abuelos la
demolieron.
Y porque solo llego a cerrillos trotando. Hasta nuevo aviso, dijo la rodilla
derecha.
Yo que sé muy bien que no existe nada al final de la calle, nada de lo que
había antes.
Nada de esos mosaicos que recogíamos con mi mamá.
Nada del bar donde se iba el tata.
Nada de nada.
Voy.
Voy hasta el final de la calle corriendo, para ver eso, eso que no hay y que
dibujo con el cerebro.
Y que deja espacio al vacío y a todo lo otro que me llena el cuerpo.
Después me voy a mi casa.
A la de ahora .Es solo eso, eso y nada más que ir corriendo a buscar tus
recuerdos y pasearlos un poquito en tu cabeza.
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