Al
siguiente paso iba a terminar vomitándome a mí misma, que no es lo mismo que en
mi misma, se entiende, verdad?
Terminaría observando detenidamente todos mis órganos internos y seguramente me
asaltaría la conciencia y me preguntaría una y otra vez, porqué no escuche a mi
cuerpo antes. Y me voy a sentir cliché. Pero nada de eso importaba mientras lo
hacía. Porque yo quería seguir ingiriendo sin parar y me sentía completamente
miserable cuando veía no tan solo que mi vaso comenzaba a vaciarse, sino el de
todos.
Quería repetir el gesto una y otra vez. Mirar la mesa en un segundo y analizar
cuánto quedaba en cada vaso y finalmente en el jarro. De paso, en ese mismo
segundo hacer un breve análisis de la situación, que tal estaban los ánimos,
que temas se estaban tocando. Sí íbamos en vector directo hacia arriba en el
gráfico o si acaso estábamos estancados o para mi pesar íbamos en picada. Luego
de ese par de segundos, quería hacer el gesto técnico de levantar mi mano
derecha al unísono mis ojos hacia el tipo que nos atendió y luego decir algo
así como “Mozo otro jarro de los mismos”. (Aunque a decir verdad, no me
aniquilaría socialmente diciendo “mozo”, menos
para que me lanzaran un adiós para siempre quienes componían la velada) Otro
de los mismos y así aunque nadie más apañara la moción.
Era mi ímpetu el que nos llevaría a
pasar la madrugada sin recordar qué soñamos y también esa misma fuerza de
querer llevarlos a todos hacia donde estaba yo, iba a hacer que todos se
sintieran intoxicados y tal vez pensando en cuánto daño le hicieron a sus
cuerpos como a veces lo pienso yo, después de noches como esa.
Pero me pregunto, no son esas noches las únicas que nos llevan a sentirnos
jóvenes e irreconocibles. Y cuál será el error de no reconocerse y perderse tan
solo unas horas en una noche-madrugada santiaguina. Noches de verano que no
volverán jamás. Somos pocos los que habitamos la cuidad con 34 grados. Los que
despertamos para salir de noche. Ese es el beat, que se repite hasta que ya han
pasado más de diez días de enero del dos mil catorce.
Un rencuentro con un viejo amigo. Pienso que tal vez el también no se
reconoció, al menos queda toda la vida para asentarnos en quiénes somos y tan
solo son muy pocas las noches de verano que se da la escasa casualidad de
toparse con otro adulto mortal en la plaza Brasil como antaño, y ahora usamos
la palabra antaño, porque podemos decir con seguridad que sí han pasado los
años.
Seremos más tóxicos, o más saludables
que antes, pero no cabe duda de que un buen listado de temas en la cabeza
estaba por despertar, ya sea por el borgoña o por quién sabe qué.
Estamos más vivos, seguimos en movimiento.
Menos mal que en esa mesa había más partidarios de la mesura. Solo contra
todos, siempre es más fuerte la corriente.
Llego a casa y vomito en un basurero tres veces.
Duermo todo el otro día por intoxicación, me saco la maldad que me queda
adentro. De alguna forma tiene que salir y cada cual tendrá su forma.
No nos mintamos. Somos quienes somos. Enemigos o amigos. Somos quienes somos.
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